EUSEBIO SIRIO "PITITI"
Galería Fotográfica de Eusebio "Pititi"
  Eusebio "Pititi" Sirio, por Criollos Peruanos.com
 Zapateado de "Pititi" y Carlos "Caitro" Soto, guitarra Alvaro Lagos
Audiovisual defectuoso de Pititi cantando y tocando el cajón
La Magia de "Pititi", por Valentín Ahón







Eusebio «Pititi» Sirio

EL SEÑOR DEL CAJON

 

Para muchos, y razón no les falta, Eusebio Sirio, mejor conocido como «Pititi», es el mejor cajoneador peruano. Y es que entre él y la madera hay un comercio ancestral, que se remonta al batir y retumbar de los tambores africanos. De sus manos surge primero el ritmo, que luego irá aderezando con velocísimos repiques, inesperadas síncopas, tresillos perfectos en su barroquismo y un swing que parece propio de alguien poseído por el mismo diablo (un demonio bueno en este caso, valga la aclaración). «Pititi» es maestro por partida doble. Es decir, no solamente porque ejerce pleno dominio sobre su instrumento, sino también porque imparte lecciones de cajón tanto en el Museo de Arte de Lima como en la Escuela Nacional de Folklore José María Arguedas. Hace unos años, «Pititi» perdió la vista, pero en él la vida puede más y esa desafortunada circunstancia no ha sido óbice para que siga demostrando por qué, a la hora de acariciar el cajón, es el mejor. Aquí, la voz del maestro. Oído a la música, señores.

Yo nací en la avenida Francisco Pizarro cinco veintiocho, interior número doce, en el Rímac. Ese barrio se llamaba Malambo. Ahí nací, te digo, posiblemente el veinte del ocho del cincuenta y uno, hermano. Mis padres son Eusebio Sirio y Adela Castillo. Mi papá era músico de los Barrios Altos, tocaba guitarra. Mi mamá era una persona muy conocida, ya que era sobrina del señor Manuel Quintana Aldón, a quien llamaban «El Canario Negro». Oigame, yo vengo de una estirpe así, callada. De mi infancia recuerdo sobre todo a la gente que se reunía para jaranear y cosas por el estilo. Por la casa caían, te voy a contar, hermano, el señor Elías Ascues, el señor Augusto Ascues, el señor Pancho Caliente, mi tío Francisco Flores, el señor Arístides Ramírez, También llegaban el señor Huambachano y el «Chino» Soto, hermano, y qué te digo, un montón de gente más. Yo de chico me apegaba mucho a las piernas de mi tío Augusto Ascues; él cantaba y al mismo tiempo me tenía en sus brazos. También recuerdo las sorpresas. La sorpresa era la fiesta que se hacía sin que se enterara el dueño de casa, pues. A veces venían temprano y decían hoy es santo de Eusebio, vamos a hacer una sorpresa. Bueno pues, decían, y se ponían de acuerdo en qué traía cada uno, y cada uno llegaba en la noche con su sorpresa, ¿me entiendes? Entonces el señor Eusebio llegaba a su casa con la idea de acostarse y en eso se prendía la luz y todo estaba listo para la fiesta, con cadenetas y todo. Hasta el otro día era la cosa.

Fui a un colegio, llamado Experimental Villacampa, y luego al colegio España en la Alameda de los Descalzos. Llegué a tercero de media y luego terminé en una nocturna de Comas. Mi papá me decía que yo tenía que seguir estudiando, que no tenía inquietudes para tocar; pero yo seguía tocando, me acuerdo. Ponía un disco de cuarenta y cinco en el pick up, que así se llamaba antiguamente, y yo acompañaba. Hasta que un día mi tío Ernesto Soto me dice: «sobrino, acompáñame a la casa de César Lévano, hoy es su cumpleaños». Yo le dije bueno pues, vamos, ya que estamos acá... Acá en La Florida fue el asunto. Yo tenía en ese tiempo, hermano, catorce o quince años. Y bueno, llegamos a la casa de César Lévano. Y en eso vimos que en la casa estaban la señora Alicia Maguiña y don Carlos Hayre. Entonces mi tío Ernesto me pidió que lo acompañara en un tema. Mandaron sacar uno de los cajones de un ropero, y me puse a tocar junto a él. ¿Y sabes qué, hermano? Eso le cayó a la señora Alicia Maguiña como pera en el agua. La señora se quedó encantada y me pidió que le dejara mi dirección, que ella viajaba y que a su regreso quería que tocara con ellos. Para ese entonces, ya no vivía en Malambo, sino en Limoncillo, por el mercado; ahora se llama Prolongación Tacna, creo. Eso habrá sido el año sesenta y ocho más o menos. Cuando menos pensé, me fue a buscar don Carlos Hayre para que fuera a su casa. Así comenzamos a trabajar, hicimos un long play, se llamó «Alicia y Carlos». La señora Alicia no me decía Pititi, me decía Eusebio Sirio. Lo de Pititi fue una ocurrencia de mi señora madre. Cuando yo estaba muy chico, había una radionovela y uno de los personajes era Pititi. Entonces un día yo pasaba por ahí y escucho que mi madre dice Pititi y yo volteo y entonces me dice Pititi, Pititi, ven, ven, Pititi. Ahí me quedé con lo de Pititi.

Te hago saber, para que sepas bien claro. Mira, yo he visto a diferentes percusionistas, pero no llegué a ver a Monserrate. Sí vi tocar al «Gancho» Arciniegas. Y había un señor al que yo paraba viendo y seguramente molestando, pidiéndole que me enseñara algunas cosas, era el señor «Morocho» Contreras, que tocaba con el conjunto Los Trovadores del Norte, donde estaba también Rafael Otero López, el compositor de «Odiame». Ellos tocaban en Radio Victoria y yo iba a cada rato, pues, para ver al «Morocho» Contreras. Yo lo observaba atentamente, cada movimiento, cada golpe, su misma presencia. Esas tardes me enseñaron mucho, hermano, me ayudaron a conocer un poco más a profundidad este maravilloso instrumento de percusión.

Un día la señora Alicia y don Carlos me dicen para ir a Buenos Aires. Tenía ella que cantar una muliza. Mira hermano, era la primera vez que iba a pisar un avión. Acá no subo, me dije, acá retrocedo yo con esto. Pero al final subí y fuimos en el avión, además, con César Altamirano y Lucho Neves. Llegamos a Buenos Aires y nos fuimos al City Hotel. Tenía dieciséis años no más, hermano. Y andaba solo, porque me levantaba temprano para buscar a la señora Alicia y a don Carlos y no estaban, y César y Lucho estaban como locos trabajando en unos arreglos. Al tercer día me empecé a desesperar, porque ¿qué hacía yo solito en esa ciudad inmensa? En eso, paseando por el hotel, veo a un patita que pasa con una etiqueta en la solapa que decía Perú. Me acerqué. ¿Tú eres peruano?, le dije. Sí, me contestó. Yo también soy peruano, le dije otra vez. ¿Con quién has venido? Yo he venido con un grupo que está acá, el grupo Perú Negro. Oye, no sabes el alivio. ¿Y dónde están?, llévame por favor. Cuando entramos a la habitación me encuentro con el grupo completo ahí. Dicho sea de paso, yo no conocía a nadie del grupo, sólo a Rodolfo Arteaga, el hijo de Valentina, que me reconoció de inmediato y me presentó a todos. Estaban ahí Ronaldo Campos, Caitro Soto, Lucila Campos, en fin. Así, de casualidad nomás, encontré compañía, y más trabajo, porque me hicieron bailar en el Luna Park mientras Césear Calvo recitava unos versos.

También tuve la suerte de conocer a la señora Chabuca Granda, y es más, la suerte de trabajar con ella. Recuerdo una vez que nos invitó a su casa para formar el grupo Matalaché. En esa reunión estuvo también Cecilia Barraza. De Chabuca aprendí mucho, hermano. Lo más importante: convencerme de que las cosas las tienes que hacer cada día mejor. Trabajé con ella cerca de ocho años, junto con Alvaro Lagos y Caitro Soto. Ensayábamos en su casa, allá en la esquina de Veintiocho de Julio con La Paz, en Miraflores. En Buenos Aires grabamos un disco precioso, titulado "Cada Canción con su Razón". En ese disco participó también Lucho Gonzales.

En la vida uno nunca sabe, ¿no?, ¿qué me iba a imaginar yo que me iba a quedar ciego? Pero perdí la vista. Yo no sabía qué me pasaba, todo comenzó con unos dolores de cabeza terribles, pero nadie sabía qué tenía yo dentro del cuerpo. Ya vivía en Comas con mi madre. Ibamos a un médico y a otro, y nada, nadie daba con lo que tenía. Hasta que descubrieron que tenía un tumor en el cerebro que me estaba afectando la vista. Y un día, en mi propia casa, perdí la visión. Me deprimí terriblemente, me alejé de la música cerca de un año, paraba recluido en mi casa. Me había quedado completamente solo. Una persona que me ayudó mucho fue Enriqueta Rotalde, que es ahora directora de la Escuela Nacional de Folclore. Ella me fue a ver al Hospital de Collique. De ahí me pasaron al Hospital Obrero. El doctor Esteban Roca y el doctor Polo Sabogal me operaron. De ahí me fui a neoplásicas para un tratamiento de baños de cobalto y para que me hicieran un par de tomografías de las que salí limpiecito, hermano. Después de haber pasado por eso, me di cuenta de que había perdido a Dios, así que me apegué a Nuestro Señor Jesucristo, y con él camino. Lo que tengo ahora es lo más bello que puede tener un hombre: paz, por la gracia de Dios.

«Pititi» vive ahora en olor de serenidad. Recién casado hace ocho meses con Elizabeth Urquiza, profesora de arte, la vida en él ha vuelto a florecer. La ceguera ya no es problema ni carga para nadie. El propio «Pititi» baja los cinco pisos que lo separan de la calle 6 de Agosto, en Jesús María, para hacer sus compras en la bodega o en la farmacia, o para abordar algún taxi en las noches de trabajo. De hecho, hay algunos taxistas que lo conocen y lo esperan en la puerta. Lo demás es accesorio. Cuando dicta sus clases de cajón, ningún detalle se le escapa y conoce perfectamente el sonido de cada uno de sus alumnos. Y cada vez que toca, según nos confesó, es tal el éxtasis que se apodera de él, que ve pasar su vida como una película y recuerda esas jaranas aurorales, los tiempos en que era acólito en las iglesias de San Lorenzo y San Alfonso, las tardes en que miraba extasiado al «Morocho» Contreras o al «Gancho» Arciniegas. A golpe de cajón, para suerte de todos, «Pititi» ha vuelto de las tinieblas.

Mariano de Andrade

Enlace http://www.criollosperuanos.com/Compositores/Eusebio-PititiSirio.htm
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"ZAPATEO": Eusebio Sirio "Pititi" y Caitro Soto - GUITARRA: Alvaro Lagos
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AUDIOVISUAL DEFECTUOSO DE EUSEBIO "PITITI" CANTANDO Y TOCANDO
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   LA MÁGIA DE "PITITI"
Fue un bailarín excepcionaly un percusionista de leyenda, su golpe y encanto será siempre recordado.


¡Hay Pititi! dijo una morena conocida en el Rímac cuando vió pasar a su hijo. El pequeño volteó porque reconoció la voz de su progenitora. Pero nunca supo porqué lo llamó con el nombre de un personaje de radionovela. El apelativo se quedó para siempre.

Eusebio Bernardo Siri Castillo "Pititi" para sus amigos y para los que lo vieron sobre los escenarios bailando o tocando el cajón. Nació en la avenida de Francisco Pizarro de Rimac el 20 de agosto de 1951, en la zona conocida como Malambo. Su padre fue un guitarrista que trabajaba en los solares y salones de Barrios Altos. Por eso Eusebio saboreó la jarana desde muy pequeño y tuvo la suerte además de conocer a las leyendas del criollismo como los hermanos Ascuez y Arístides Ramirez. Pititi llamó la atención desde muy joven. Una vez se fue con su tio Ernesto Soto a la casa de Cesar Levano en la Florida. Ambos quedaron sorprendidos porque en la sala estaban Alicia Maguiña y Carlos Hayre. El joven negro agitó sus manos y la compositora quedó atrapada por su ritmo.
A tal punto que unos meses después estaba grabando un disco en ella.

Chabuca Granda lo invitó a formar parte del grupo Matalache. Trabajó con ella por espacio de ocho años junto al guitarrista Alvaro Lagos y con Caitro. Volvió a deslumbrar con sus aptitudes para el baile y la percusión. Chabuca lo adoraba. CUenta que le extendió una carta donde lo presentaba como integrante de su grupo. U el buen Pititi cuando se excedía en parrandas sacaba el documento. Doña Chabuca, en más de una ocasión recibió llamadas de la comisaría. Y ella bondadosa como pocas, abogaba por el músico.


¿Por qué se quedó ciego?. No fue por abusar de la noche ni por la vida agitada que llevó durante unos años. Eusebio tuvo un tumor congénito que se alojó en un costado de su cerebro. Perdió la vista una tarde cualquiera en su casa de Comas. Fue víctima de la depresión y se alejó de la actividad artística durante un año. Hasta que Enriquita Rotalde en su calidad de directora lo invitó a dar clases en al escuela Nacional de Folclore. Se casó con la profesora de Arte Elesabeth Urquiza y su vida cambió radicalmente. Asumió su limitación física y descubrió que podía vivir con alegría, tocando su cajón y ejerciendo la virtud de buen conversador. Ya debe estar junto alos Vasquez. Una reunión en la que más de uno quisiera estar. Por ahora sólo quedan los recuerdos.

Enlace http://www.acuarela.se/Ilustres/La%20magia%20de%20Pititi.pdf